The Export Manager. Ni me moví del escritorio
Una de las partes más aburridas de un export manager es volver a Chile, porque tienes que hacer vida de oficina y en realidad no hay mucho que hacer. En la viña me tienen una oficina con vista al cerro San Luis, que en su tiempo usé para ir a atracar con mi ex esposa y que hoy es un montículo de edificios horribles construídos por arquitectos descriteriados que se ganaron el título en el Loto. Tengo sobre mi escritorio un sable de Samurai en miniatura que me regaló mister Sakuraba, mi importador japonés, una estatuilla horrible que me regaló mi importador en Indonesia, una botella magnum vacía de Cheval Blanc 2001 que me tomé en un bar en Chicago con una colega de una viña neo zelandesa (ella era mezcla de papá maorí y mamá koreana y como resultado tenía en frente a una de las mujeres más atractivas del mundo del vino, promoviendo un sauvignon blanc de mierda de uno de esos valles de nombre impronunciable que tienen los kiwis; era casada y no me soltó nada, me fui a mi hotel borracho y caliente, traté de hacerme una paja y no se me paró y me dormí con el pito afuera del calzoncillo).
Entocnes me siento en mi oficina santiaguina, enciendo el computador, contesto unos emails y luego me siento a matar el tiempo. Hago un par de informes para uno de estos tecnócratas que contratan en la viña de la católica y hoy por hoy de las universidades del opus o de la udi (son casi lo mismo) y que solo saben de market share y gráficos y pajas del estilo. Luego me voy al club de golf a almorzar. No soy socio ni lo seré, pero me cononcen y me dejan usar el restorán. Reservo una mesa en primera fila mirando la cancha de golf. Pido una copa de champagne para empezar y luego una fritura que me encanta que el mozo prouncia como jamaneg (ham and eggs). Almuerzo con otros colegas o solo. Prefiero solo. Miro a las mujeres abc1 con la boca llena, a los pechugas hablando de acciones de la bolsa, a los políticos de medio pelo insuflarse el ego.
Luego vuelvo y ya son las 3 de la tarde. Voy al baño, me mando una cagada. Reviso los emails de nuevo. Reviso wine advocate y wine espectator. Hablo con mi importador de Mexico y Miami. Y ya está. Un export manager no tiene nada que hacer en una oficina santiaguina (es como el marino en el puerto o el paco de franco o la puta de visita en la casa de sus papás).
El lugar del export manager es en el campo de batalla, el mercado, con los distribuidores, con los consumidores, con la prensa. Nuestra profesión es más cercana a la guerra que a otra cosa. Eso de los ejércitos en tiempo de paz es como el export manager en la oficina de Santiago, revisando papeles sin sentido, ocupando el tiempo en bobadas que no llevan a nada, haciendo proyecciones de venta, que se yo. Los containers se hacen en la calle, me decía mi maestro Michael D, que en paz descanse.
Lo único que salva las aburridas pasadas por Santiago es la Silvita, una enóloga que trabaja en la viña. Ella dice que sí hizo un par de vendimias en Francia, pero yo creo que no hizo nunca nada y se ganó el cartón a punta de cachas con sus profesores enjutos de la católica. La Silvita sabe recitar poemas, es buena para la venta y le gusta mandarse polvos en lugares peligrosos. Cuando paso por Chile ella me anima, me chupa la corneta debajo del escritorio o lisa y llanamente se me sienta en la falda sin calzones y hace que me la tire. La Silvita me dice que chile más que país es paisaje y se sube los churines. Yo no entiendo muy bien lo que dice, pero suena lindo cuando lo dice.
Bravo! por la silvita y por el paisaje
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