The Export Manager. In wine we trust
La relación entre los Export Managers es, por decir algo sin ningún peso específico, ecológica. Nos saludamos en las ferias de vinos importantes con moderada efusividad, nos tomamos un trago en los lobby de hotel sin develar los secretos de tu viña, nos sacamos los ojos cuando estamos compitiendo por entrar a una Línea Aérea o a un supermercado alemán y luego nos abrazamos como hermanos cuando nos cambiamos a la competencia (como decía un amigo enólogo, en esta industria son todas putas y se irán con el que pague mejor)
La edad promedio de esta raza debe bordear los 30 años. Están los muy pendejos, contratados recién egresados de escuelas de ingeniería comercial o civil de alguna universidad tradicional. Son cabros de sueldos baratos, carne de perro para los mercados como Mongolia, Barbados o Bali, que viven con los papás, hablan inglés y que se casarán con una novia de hace miles de años en una iglesia de avenida Las Condes. No entienden nada, son ignorantes y creen que el vino es un comodity como el cobre, el carbón o los condones.
Están los que tienen un poco más años de experiencia. Generalmente casados, con casa en Colina o Chicureo, coleccionan vinos en un cellar construido bajo la escalera, han pasado por al menos dos viñas diferentes, viajan con una maleta pequeña negra, usan dockers beige y camisa celeste, alojan en hoteles de 100 dólares la noche y toman y engañan a las mujeres sin ningún pudor en nombre de la compañía (hay una viña cuyos dueños son pechoños y enviaron un memo instruyendo que nadie estaba obligado a someterse a las vejaciones de los importadores).
Luego están los dueños de viñas pequeñas o sus hijos que viajan por el mundo vendiendo sus creaciones. La mayoría de las veces son enólogos, algunos engrupidos con el terroir (la palabra más usada y desconocida del mundo del vino), otros con el climate y otros con lo biodinámico. Saben de vinos, no saben nada de comercio y por lo general, viajan con las señoras, los maridos o los amantes.
Por últimos estamos los viejos estandartes, los Export Managers de la vieja escuela, los que vendíamos granel como quien vendía cocaína, los que vendimos por primera vez en un país asiático, cuando nadie antes de Chile había vendido. Los que ofrecíamos el espumante como Champaña y a Chile como el mejor vino barato del mundo. Los que aun veneramos a Douglas Murray y creemos que cuando se vende vino, no se vende vino, sino que vida.
La casta de los Export Manager es diferente a la de los futbolistas, los vendedores de aspiradoras Eletrolux, los nuevos rostros nuevos abeceuno trabajando en el gobierno, los pelotudos de la Bolsa de Comercio o los abogados de tribunales del trabajo. Somos esencialmente libres, pasamos al menos el 30% de nuestras vidas fuera de casa, no votamos en las elecciones, creemos en la Virgen María, vendemos algo que nos permite celebrar y creemos que el alcohol no es la droga más consumida del mundo y que más gente mata, sino que un producto natural, una bondad del universo, una creación divina. Pertenecemos a una casta superior, a una clase más elevada en el orden del ser. Cantamos en karaokes, tiramos en casas de putas, tomamos a las once de la mañanaza, vomitamos de noche antes de acostarnos en sábanas ajenas, hacemos y deshacemos maletas una y otra vez solo y exclusivamente en nombre del vino. ¿Qué otra industria hace algo así? ¿O acaso se imaginan al Export Manager de Codelco tomándose una copa de vino a las tres de la mañana con un venezolano que cree en Chávez y que tiene tatuado en el antebrazo “in wine we trust”?
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