The Export Manager. Discurso inaugural
Me soplaron en la viña que me han elegido en la terna de candidatos al premio del Hombre del Año que la Asociación Nacional de Viñas, viñedos y viñateros (usan la sigla ANAVVV, que es impronunciable, inentendible y tan estúpida como Copec, Cic, cmpc o cap) otorga cada año, después de la última vendimia, a aquel que por su "aporte, dedicación y esfuerzo hacen del vino chileo un embajador de la identidad nacional". Mi gran maestro Monroy siempre decía que cuando te empezaban a dar premios, quería decir que ya estabas muerto. Este es el discurso incendiario, al más puro estilo Mosciatti, que voy a leerles a todos los pechugones y pechugonas de la industria vitivinícola chilena, si es que me lo gano (cosa que se ve bastante improbable):
Estimados miembros de la ANAVVV, autoridades varias, colegas, amigos y amigas, borrachos y borrachas. Es un gusto ver a tanta gente linda reunida en torno al vino y saber que ninguno sabe ninguna gota sobre ello. Es lindo también que se premie el esfuerzo de aquellos que nos rompemos el culo vendiendo los caldos nacionales all around the world. Siempre son los enólogos, los dueños de las viñas, los wine writers y nunca el turno de homenajear a los que de una manera u otra, hacen que el vino chileno sea bebido en el mundo entero, me refiero a los export managers. Como preámbulo a lo que viene, quiero decirle a este distinguido público que no creo en las guías ni en los puntajes, que creo que la moda del vino es eso, una moda, que aún me gusta tomar en vaso y no en copa, que hablar de vino ícono en Chile es una soberana estupidez, tan estúpido como hablar de nueva derecha o cine chileno o gastronomía local, que la imágen de los vinos chilenos en el extranjero es de una vinacha y que me siento en todas las "prima donnas" que rondan la industria chilena y que se pasean por el mundo como rock stars, cuando apenas les alcanza para cantantes de micro. Antes de seguir aburriéndolos con discursos vacuos, como a los que nos ha acostumbrado este gobierno de derecha, quiero hablarles lisa y llanamente del vino. Quiero hablar de las cosas que pasan cuando uno toma vino (cuando digo uno me refiero a mi mismo). He tomado vino sentado en una cuneta, tomando sol en una playa del litoral central, a escondidas de mis papás, con mis hijas, en la cama con mi ex mujer, con putas coreanas, indonesias y japonesas, manejando, en la piscina, en el Casa de cena, en el Europeo, en el Bulli, en el Bulgari de Milán, con mi suegro que en paz descanse, con mi papá en día domingo en vaso mezclado con agua a los siete años, con mi mamá boracha de pena por el divorcio, con mi gran amigo asesor cuando el asesorado perdió la elección, con travestis, con gays, con monjas, con monjes, con curas, con enemigos, solo, acompañado. Tomo vino como quien toma agua. Me gusta curarme, me gustan los labios morados de tanto tomar, me gusta la caña de vino y la tufada avinada. Prefiero el vino al tedio y prefiero un vino malo a una buena cerveza. No creo en Parker ni en Tapia ni en la Jancin ni en el gringo TIm ni en mi mamá. Creo única y exclusivamente en mi nariz como forma de saber lo que es bueno de lo que es malo. Creo en el vino para todos y no para algunos. Creo que la edad para tomar vino debiera ser bajada a 14 años de edad. Creo que los espumosos debieran llamarse champaña y creo que el valle del Limarí es mejor que se use para cultivar marihuana. Creo que Mendoza es Chile y que los gatos, los casilleros, las estrellas y las medallas debieran descansar en paz. Creo que dar premios a los enólogos del año, a la viña del año, al vino del año, es de las cosas más ridículas de esta industria y que agradezco el premio esta noche y que con el diploma me limpiaré el poto esta noche, después de tomarme un vino caliente con naranja, sin taninos ni hueva que se le asemeje en honor a la verdad y todo este distinguido público. Salú.
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