The Export Manager. Acuerdo extramarital
Decir la verdad a veces no es tan bueno. Tengo un colega export manager de una viña a punto de entrar en quiebra, que llegó a un acuerdo con su mujer respecto del sexo extra marital: ella aceptará que él penetre a quien sea en sus viajes de negocios, con la única condición de que sólo sea sexo y no amor. A mi me contó esto en un restaurante en Bélgica, el país más aburrido del mundo (después de Chile por su puesto) y me pareció hasta lógico el acuerdo en ese momento. Sexo sin amor es como hacer pipí de natural.
Mi colega llevaba 3 años en el mismo entendimiento y todo andaba de maravilla con su mujer. Obviamente que la condición de enamorarse era fácil de cumplir. A mi amigo le gustaba las putas y de esas uno nunca se enamora. El problema fue que la condición tácita de que ella no se metería con nadie era tal, tácita, y por nunca haberse hablado ni expresado, ella se la saltó y empezó a tirar el poto a la chuña como quien tira challa o panfletos en las protestas en contra de Piñera.
Entonces mi coleguita quedó devastado cuando después de una gira por China, en donde se montó cualquier cosa que tuviera al menos dos manos y dos pies, se enteró a su llegada, por la propia boca de su mejor (la misma boquita de jarro que había abierto una y otra vez durante la ausencia de su maridito), de los múltiples malabares y piruetas que había estrenado con sus compañeros del MBA. Ella le explicó que el hombre no era el único con necesidades y que ella también a veces tenía hambre.
Al principio mi colega lo entendió y hasta lo aprobó, más en la lógica del empate que en el de la igualdad de sexos. Pero de noche, después de haberse pegado un polvo de aquellos en el suelo y luego en el baño con su mujercita, frente al espejo del lavatorio y sentado en el water, le vino un dolor intenso al pecho que creyó que se moría ahí mismo. Pero no era ni infarto ni paro respiratorio, sino que puro dolor punzante y sonante. Un ataque de pánico hecho y derecho, de libro de sicología para principiantes. Una cosa es meterla y otra es que te la metan, pensó.
Al día siguiente llamó a su jefe para notificarle que renunciaba a la viña. El jefe le gritó que qué se imaginaba de renunciar en pleno agosto, justo antes de que se lancen las cosechas del año. Mi colega le dijo que se podía meter por la raja sus cosechas y sus parras centenarias. Ya más calmado el jefe le preguntó por las razones de la desvinculación voluntaria. Mi colega le explicó del acuerdo marital y del poto de su mujer al por mayor y de su diuca de oro y de que ya no viajaría nunca más a ningún lado, ni a la esquina a comprar el Mercurio. El jefe lo entendió y lo indemnizó con plata que nunca compensará el trabajo de toda una vida al servicio de una viña a punto de quebrar.
Mi colega me escribió hace un par de meses arás. Yo estaba en Santiago en un seminario sobre las bondades de Prochile bajo la manga ancha de la derecha extraviada. Nos juntamos a tomar un cortado en un café con piernas en donde las minas tenían celulitis hasta debajo de los párpados. Me contó que su matrimonio se caía a pedazos sin el acuerdo extramarital. Le propuse que se divorciara, total sus hijos eran todos pailones grandes que se mantenían solos. Me dijo que el creía en la familia y el honor de su mujer y que no se separaría nunca jamás. Me acerqué a la caja a pagar la cuenta del café y cuando vuelvo a la barra mi colega estaba organizando una visita a un hotelito cercando al café con una de las chiquillas de la barra. Siempre le han gustado las guatonas, pensé. Nos despedimos. Afuera los estudiantes marchaban por el fin del lucro. El día del pico el lucro se acaba, pensé. Los guanacos empezaban a tirar agua.
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