La única verdad
Todo Export Manager tiene un placer culpable. Conozco a uno que le gusta toda esa cochinada coreana de los calzones de niñitas de siete años empaquetados en bolsas ziplock (un cochino snuf). Conozco a otro que sólo oye a Luis Miguel durante sus viajes (un maricón reprimido). Hay otro, ex colega mío en la viña, que no podía perderse el Buenos Días a Todos, ese programa infame del caballero que le gusta cuidar halcones o palomas o gavilanes, y cuando viajaba los dejaba grabando en el dvd..
Mi placer culpable siempre ha sido la autoayuda, en todas sus formas, en todas sus especies. No voy a enumerar la cantidad de cursos, libros y cassetes que me he comprado. Tan sólo voy a contar mi última experiencia. Fui a Japón a lanzar una promoción de varietales en una cadena de supermercados gigantesca. Mucho campay, reverencia huevona y harta puta japonesita a la puerta del hotel. Nada muy especial esta vez. No tanto por las putas japonesas, que me encantan y que cuando llegan al orgasmo hacen como jijijijiji, sino más bien porque a mi edad no hay paciencia para andar como un pendejo recién egresado de comercial de la católica, poniendo cara de huevón en un stand de un supermercado.
Mi importador es un japonés bien zen, en el sentido estricto de la palabra. Medita una hora al día, habla poco, toma poco, cobra poco, vende poco también, pero me gusta el tipo. A lo largo de mi carrera, le he ido tomando cariño a mis importadores, sobre todo a los asiáticos, que me han creído todas las mentiras desde el comienzo y lo siguen haciendo. Mi amigo, Sakuraba San, me tenía preparado un retiro de 5 días en el monasterio que el frecuenta, una casa de lo más mona a las afueras de Tokio. Y un export manager nunca dice que no a los regalos de sus importadores, sea cual sea el regalo.
Y ahí llegué el viernes. Me quitaron el celular, la billetera, los zapatos y no pude hablar por 5 días y medité ocho horas corridas. EL primer día me dormía mientras intentaba meditar y venía un monje y me pegaba con un palo en el hombro. Al segundo día no me acordé más de mi verga y me dormí y me pegaron de nuevo. Al tercero me olvidé de la viña, al cuarto me acordé de mis hijas, a quienes no veo hace un tiempo, también de mi ex mujer. A ella me la imaginé en pelotas, en cuatro patas con su culo hacia mi, a lo caballito (jamás me gustó eso de "a lo perrito", lo encuentro denigrante), se me puso dura, la empalmé como dice un colega español, el monje zen se dió cuenta y me dio con el palo y volví a la meditación. Al quinto día me sentía un monje zen, un samurai, un buda, un iluminado, capaz de todo, que se yo.
Salí del convento con ganas de hablar con alguien, pero nadie hablaba inglés al rededor. Tokio tiene los parques más estúpidamente bonitos de japón y yo me senté a verlos, con mi maleta saxoline negra de mango telescópica de export manager. Me quedé a mirar los manzanos, o los ciruelos. No los distingo. Me quedé pensando en la impermanencia de las cosas, tal como el maestro cantaba todas las mañanas. Un día feliz, el otro infeliz, un día casado, al otro no, un día mal en el trabajo, el otro bien, un día cien containers del importador de china, al otro ninguno del indonesio. Un día muerto el otro día vivo y el otro muerto.
Entonces me metí a un karaoke antes de partir al aeropuerto, mi avión despegaba a la madrugada. Pagué una habitación y una japonesita y le pedí que me la chupara primero. La japonesita me la chupaba con fuerza, me tocaba las bolas, escupía en un escupitero y volvía a la carga con su boquita de "me gusta el sushi y las vergas". Entonces empezó a temblar. Primero despacio y luego fuerte y luego más fuerte, como en Chile cuando tiembla. terremoto conchetumadre, creo que grité. Antes de que me diera cuenta, la japonesita había arrancado. Yo atiné a agarrar mi maleta y correr también, buscando un dintel el muy imbécil, el muy chileno. De pronto estaba en la calle, de noche, con mi maleta, en calzoncillos y Japón entero se venía abajo, aunque no lo sabíamos aún. Mi japonesita lloraba abrazada a un árbol a un poste junto con las otras putitas del montón. Rezaban, vaya uno a saber a quien le rezan los japoneses. Me puse pantalones y me largué a caminar por Tokio de noche mientras los japos lloraban o hacían cola, las alarmas de los autos sonaban, el tren al aeropuerto cerrado. Nada es permanente pensé, el monje tiene la razón. Me senté a esperar el amancer. Y llegó.
y saliste de tokio al dia siguiente del terremoto?
ReplyDeleteBuena pregunta querido anonimo, muy capciosa. Mi abula hubiera dicho que usted es un tipo muy habiloso. La respuesta a su pregunta es no, no me fui al dia siguiente.
ReplyDeleteoye, mas alla de lo anonimo, porque si buscamos seguro que encontramos el parentesco, vengo viendo tu blog hace rato y me parece que a pesar ( o gracias a?) de las vueltas de la vida compartimos la vision. gracias por no ser denso, como muchos.
ReplyDeletevictor, are you still alive?
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