The Export Manager. Human Behaivor
Un export manager siempre tiene un mercado preferido. Yo he tenido varios a lo largo de mi carrera (hoy por hoy no tengo). El que me encantaba visitar en mis primeros tiempos era Islandia, esa mierda de país apoyada sobre pedazos hielos y hoy gobernada por una ex azafata lesbiana. Me gustaba porque encontraba a la gente simpática y sin prejuicios para tomar. Nada como esos países musulmanes en que vender una botella de vino es casi como violarse a la mamá de uno.
Mi importador en Islandia era el mismo que era dueño del correo, de uno de los bancos más importantes y de la embotelladora de Pepsi. El tipo era un gentleman que vivía en una casa entera de vidrio con vista a una laguna que en todas mis visitas, siempre vi congelada. El tipo está hoy en la cárcel porque se cagó a medio país con esto de la crisis, pero en mis tiempos, era amo y señor de Islandia.
Me pasaba a buscar su chofer al aeropuerto, me llevaba al mejor hotel de la ciudad, luego me llevaba a su oficina, hacíamos negocios, programábamos cómo sobornaríamos al monopolio y luego nos íbamos, sagradamente, a unas termas inmensas en medio de la nada. En el camino compraba un vodka ruso o polaco y nos íbamos tomando en la carretera. Allá nos esperaba el dueño de las termas, quien era el proxeneta que nos organizaba las putas. A él le daba lo mismo que tirar o que se la chuparan en frente mío y a mi también me daba lo mismo, por lo que tuvimos una "comunidad" de intereses desde el primer segundo. En la laguna azul, así la llamaba él, me tiré por primera y última vez una puta esquimal. Le gustaba soplarme la corneta y a mi me daba ataque de la risa cuando lo hacía. Se parecía a la cantante Bjork.
Después de las termas nos dormíamos una siesta. La última vez que estuve con mi importador, después de tomar y follar como marsupiales en celo, el tipo me convidó a comer a su casa. No lo había hecho nunca. Me dijo que como navidad estaba cerca, su muejr y dos hijos lo visitaban y se quedaban para las fiestas. Su mujer no soportaba el frío y vivía en Bali en una pequeña mansión que mi importador había comprado.
EL árbol de pascua estaba prendido y su mujer estaba con un vestido blanco con un escote que le llegaba al ombligo. Tenía un par de globos que de seguro eran operados. En esos tiempos no había tocado nunca una teta de silicona y me excité con la idea de hacerlo. Me saludó de la mano y me dijo en perfecto castellano que olía a pescado. Pensé que era una broma. Ella insistió en mi fetidez. Me sugirió que me bañara. Lo hice en un baño que miraba a la puta laguna congelada. Abrí la ventana y el frío era insoportable. Ella también. Salí del baño y le pedí a mi importador que me levara de vuelta al hotel. El no dijo nada.
En el auto entendí que me había llevado a su casa para que ella se enterara de que habíamos andado de putas. El no olía a nada, pero yo traía el sexo pegado hasta en la corbata. Nunca más supe de él, nunca más me compró un solo vino. Todavía me acuerdo de mi esquimal cuando veo los documentales del calentamiento global y esos osos polares ahogándose. ¿Seguirá la laguna congelada?
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