The Export Manager. Why not
Me traje a uno de los enólogos de la viña a Londres para hacer una presentación en la Tate Gallery. No me traje el enólogo jefe principalmente porque no sabe hablar inglés, un mal endémico de muchos de los enólogos chilenos. El que me traje es de apellido vinoso y habla inglés posh porque su mamá es posh a la chilena, porque estudió en colegio pagado y con él ando a la segura. Nunca va a ser un buen enólogo, aunque quizás con la pinta que tiene de polero y el acento y el apellido, se convierta en uno famoso, sin necesidad de hacer buenos vinos, harta labia, pocas nueces.
Ahí estábamos los dos explicando esto y lo otro de los vinos. Aburridos y confundidos entre tanta escultura huevona por la que los ingleses pagan millones de pounds. El polero es bueno para los pitos y yo si hay, fumo. Me preguntó directamente si fumaba hierba. Le contesté que dependía. Me preguntó de qué. Le dije que del precio y la compañía. Me dijo es gratis y es conmigo y esas gringitas que están allá la fondo mirando esa hueva rara con forma de pico. Why not, le respondí, una de las frases más recurrentes en mi vida.
Una de las gringas era rubia teutona y la otra negra africana. Eran hermanas. No quise seguir preguntando para no parecer muy latino, pero siempre me quedará la duda si verdaderamente eran hermanas. La rubia era curadora de una galería de no se qué barrio y la negra era cocinera. A las dos les encantaba el vino chileno y la cannabis sativa. Fumamos mirando el Támesis. No fumaba hacía meses y la cosa me tomó por sorpresa. La negra me dijo que podría ser su papá. Yo le dije que ella podría ser mi hija. Me preguntó si me la follaba ahí mismo, yo no recuerdo si alcancé a responderle porque me fui en pálida.
Cuando desperté el polero estaba a mi lado muy tranquilo tomándose una copa de vino, junto con la rubia. La negra había desaparecido. La negrita intento por todos los medios despertarte, si hasta te lo chupó y ni te inmutaste y eso que estabas con los ojos abiertos. ¿Te han dicho que lo tienes muy negro? Era la la primera vez que un hombre me hablaba de mi pene. Siempre lo habían hecho las mujeres. El polero tenía ese desparpajo que tienen los de las aristocracias criollas. No dijo ni grande ni chico. Dijo negro. ¿El suyo sería blanco? No se lo pregunté. La función se había acabado y el polero me había disculpado frente a los anfitriones.
Tenía otro pito prendido y le pedí que me diera una pitada. No puso objeción. Le di dos caladas y me quedé tendido en donde mismo había muerto hacía media hora. Esta vez vi todo claro. Vi las uvas de la viña crecer, cosechar y fermentar, luego vi a mi ex mujer vestida de novia, luego la vi embarazada y por último con mis niñitas de la mano cuando eran chicas. Bajo el frío de mierda de Londres, lo entendí todo por una fracción de segundo. Todo encajó perfectamente y me sentí libre y feliz. Luego se me olvidó lo que había entendido. Me lavanté, me despedí del polero y me fui a mi hotel.
Desde la pieza llamé a mi ex mujer, me contestó ella y la escuché decir aló, aló, quién es, aló y luego sentí como se quedó al teléfono oyendo mi respiración o el vacío de la pieza. Supo que era yo y no cortó hasta que yo lo hice. Podría llamarla en Santiago. A mi vuelta. Cuando vuelva. Why not.
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