The Export Manager. Homo erectus

En la última visita al cardiólogo, la imágen de mi propia muerte de un ataque al corazón apareció plasmada en la pantalla del computador del doctor López como una aparición fantasmagórica. Presión alta, arterias tapadas y a punto de colapsar. En un proceso rápido y ambulatorio, me sondeó y me raspó la mugre de las cañerías, dejándome preparado para los próximos diez años y con valdarián de por vida. Dejar el cigarro, dejar de tomar y meterle oxígeno al cuerpo con ejercicio eran las tres tareas. El cigarro lo dejo, pero me quitas el vino, me muero de tedio.
Partí con mis pastillitas y mi nueva condena de muerte a un viaje relámpago a Rio de Janeiro. Allá me esperaban los hermanos Zapata, dos chilenos que empezaron en el negocio del vino traficando vinos de lujo por la frontera de Bolivia con Brasil y ahora trabajaban para el más grande importador y distribuidor de vinos del país más grande do mundo. Pancho Zapata era el ordenado y metódico para la venta y Pedro Zapata era el desordenado y el creó la red de distribución a punta de tomar y gastar los codos en todas las barras, como decía Tellier.
En el aeropuerto me esperaba Pedro. Me dice que me tiene una sorpresa para después de la exhibición de vinos.
Del aeropuerto nos pasamos al salón de eventos del Hyatt. Están todos mis friendly competidors con quienes dominamos el 80% de la produccion nacional. El Teta Lira de Viña Sta Malena, Eguiguren de Chateau Los Tilos, Sangueza de Viña Toro de Agua y todos los restantes perros chicos que andan al redodor de nosotros tratando de pegar una mascadita a la gran torta del consumo carioca. A la feria llegaron consumidores aburridos, artistas de poca monta y empresarios del ganado de sta Catarina do Sul invitados por Pedro Zapata. Me siento un rato a descansar detrás de la mesa de degustación y pienso cuánto tiempo más resistiré haciendo la misma mierda. Abriendo botellas, siriviendo porciones infames, acercando el escupidreo, ilustrando a estúpidos que toman vino por primera vez, a nuevos ricos que quieren tener una viña, hablando de las bondades de mi puto vino, sacando la tarjeta de presentación, diciendo mmm que interesante, aunque lo que me hablan los desconocidos me entra por una oreja y me sale por la otra y mi mente vaga por los potreros del campo de un amigo de la infancia que ha venido a mi memoria de un tiempo a esta parte. Pienso en la noche que me queda con Zapata y me pregunto si las pastillas para bajar la presión arterial afectarán mi erección. Desde que fui al doctor no piso palito alguno y estoy un poco nervioso. Tengo un par de amigos que se han pasado al bando del viagra. Yo me rehuso, aún. Estamos listos, ¿nos vamos? Es la seña de Zapata.
Atravesamos Río hacia el barrio Santa Teresa. Ahi hay una casa de putas a la que sólo los brasucas saben llegar. Zapata sabe que a mi me gustan la putas. Me gustan y me dan pena, pero por sobre todo me gustan, me gusta sentir que puedo pagar por una o dos o las que quiera y decirles que hagan lo que yo quiera. La dominación es de esas cosas básicas que de tan básicas y humanas, averguenzan. Zapata había reservado un salón de la casa de putas para 20 export managers que habían pagado una cuota moderada el día anterior. En el salón de la vieja casona, fueron apareciendo una tras otra y otra hembra, completamente desnudas. No había música, no bailaban, no sonreían, eran blancas, negras, cafés, grises, rosadas. Llevaban un papel en la mano con su numero. Dos proxenetas iban anotando los números según las preferencias de los export managers. Hasta la última ronda no había elegido nada. Zapata se me acerca y me pregunta si estoy bien. Miro al rededor y estoy solo, todos se han ido con sus elecciones. Yo estoy sentado en un sillón de cuero gastado y hediondo a humedad, con toda mi concentración puesta en mi diuca que no se me para. Creo que estoy sudando como un caballo. Le pido a Zapata que me pida un taxi.
En el taxi camino al hotel me acuerdo de mi ex mujer, en realidad, de su culo, de su chucho, de su olor y siento que se me pone dura, pero nunca como para decir que tengo la penca más gruesa de Ipanema. Le pregunto al chofer si sabe en donde comprar marihuana o coca o lo que sea que me lleve lejos. Me dice que no hace esas cosas. No insisto. Son las 11 de la noche en Rio y estoy en el lobby del hotel, aburrido, cansado, pero por sobre todo solo. Como un dedo. Como mi diuca.

Comments

Popular Posts